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Punto Ciego

Blog · Memoria y percepción

El recuerdo que cambió después de que ocurriera

27 de agosto de 2026

Ves un acontecimiento, lo recuerdas y crees que el recuerdo sigue intacto. Pero una pregunta, una versión ajena o una información posterior pueden modificar lo que después jurarías haber visto.

Persona observando una fotografía de un accidente mientras distintas fuentes de información posteriores alteran la reconstrucción del recuerdo.

Imagina que presencias un accidente.

Dos coches chocan delante de ti. Ves el impacto, la posición de los vehículos, quizá algunos detalles de la carretera. Todo ocurre en unos segundos.

Después alguien te pregunta qué pasó.

Parece una tarea sencilla.

Tú estabas allí.

Pero hay una diferencia entre recordar un acontecimiento y reproducir una grabación.

En 1974, Elizabeth Loftus y John Palmer mostraron a distintos participantes películas de accidentes de tráfico y después les hicieron preguntas sobre lo que habían visto.

La pregunta era prácticamente la misma.

Solo cambiaba una palabra.

A unos les preguntaron a qué velocidad iban los coches cuando chocaron.

A otros, cuando se golpearon.

A otros, cuando se estrellaron.

Esa palabra no estaba en el accidente.

Llegó después.

Y aun así cambió las respuestas.

Quienes recibieron verbos que sugerían un impacto más violento estimaron velocidades mayores.

Pero el resultado más inquietante apareció una semana después.

Los participantes volvieron al laboratorio y respondieron nuevas preguntas.

Entre ellas había una muy simple:

¿Había cristales rotos?

No los había.

Sin embargo, quienes anteriormente habían recibido la formulación más intensa declararon con mayor frecuencia haberlos visto.

El accidente ya había terminado.

La información nueva había llegado después.

Pero ambas cosas podían terminar mezclándose en el recuerdo.

Eso es el núcleo del efecto de desinformación.

No significa que cualquier frase pueda fabricar cualquier recuerdo.

Significa algo más preciso: bajo determinadas condiciones, la información que recibimos después de un acontecimiento puede influir en cómo lo recordamos posteriormente.

Una palabra después del accidente

El experimento de Loftus y Palmer tenía una ventaja importante.

Todos los participantes habían visto esencialmente el mismo acontecimiento.

Lo que cambiaba era la forma de preguntar después.

En el primer experimento, el verbo utilizado influyó en las estimaciones de velocidad.

Una colisión descrita mediante una palabra más intensa parecía haber ocurrido a mayor velocidad que la misma colisión descrita mediante una palabra menos intensa.

Podría parecer simplemente un problema de lenguaje.

Quizá los participantes entendieron que el investigador esperaba una cifra mayor y ajustaron su respuesta.

Pero el segundo experimento introdujo una dificultad adicional.

Una semana después de ver el accidente, algunos participantes dijeron recordar cristales rotos que nunca habían aparecido.

Entre quienes habían recibido previamente la palabra más intensa, 16 de 50 respondieron que sí habían visto cristales. En el grupo que había recibido una formulación menos intensa fueron 7 de 50, y en el grupo de control, 6 de 50.

La palabra no había cambiado el vídeo.

Pero podía haber cambiado parte de la representación que utilizaban después para responder.

Eso llevó a Loftus y Palmer a proponer que la información posterior al acontecimiento podía integrarse con la memoria original.

Era una hipótesis importante.

Y también una que necesitaba más pruebas.

Cuando la información nueva entra en el recuerdo

Cuatro años después, Elizabeth Loftus, David Miller y Helen Burns diseñaron una serie de experimentos para estudiar el fenómeno de forma más directa.

Los participantes observaban una secuencia de imágenes de un accidente de tráfico.

Después recibían una descripción de lo ocurrido.

En algunos casos, esa información posterior era correcta.

En otros introducía un detalle engañoso.

Por ejemplo, una persona podía haber visto originalmente una señal concreta y recibir después una descripción que mencionaba otra distinta.

Más tarde tenía que identificar qué había aparecido realmente.

La información engañosa reducía la precisión del recuerdo.

El patrón se repitió bajo distintas condiciones experimentales.

Primero ocurre el acontecimiento.

Después llega otra versión.

Y cuando intentamos recuperar lo que vimos, ambas fuentes pueden competir.

Aquí aparece una idea que resulta fácil pasar por alto.

La memoria no tiene necesariamente una etiqueta visible que diga:

Esto lo viste.

Esto te lo contaron después.

Para recordar correctamente no basta con recuperar una información.

También puede ser necesario recuperar de dónde procede.

Recordar también es reconstruir

Solemos hablar de los recuerdos como si fueran objetos almacenados.

«Tengo ese recuerdo».

«Lo guardo perfectamente».

«Lo veo como si fuera ayer».

La metáfora funciona para hablar.

Pero puede confundirnos sobre cómo funciona realmente la memoria.

Recordar implica reconstruir información a partir de múltiples elementos: lo que percibimos, lo que atendimos, conocimientos previos, inferencias, información recibida posteriormente y las propias recuperaciones anteriores.

Eso no convierte el recuerdo en ficción.

La mayor parte de nuestra vida depende precisamente de que la memoria conserve información suficientemente útil sobre el pasado.

Pero una reconstrucción puede contener detalles correctos y, al mismo tiempo, incorporar información cuyo origen hemos confundido.

Por eso el efecto de desinformación no requiere que alguien invente conscientemente una historia.

La persona puede responder de buena fe.

Puede estar completamente convencida.

Y aun así atribuir al acontecimiento original un detalle que recibió después.

La seguridad no protege necesariamente del error

Aquí aparece una intuición especialmente incómoda.

Cuando alguien recuerda algo con mucha seguridad tendemos a pensar que esa confianza demuestra que el recuerdo es correcto.

No siempre.

Confianza y exactitud están relacionadas en determinadas condiciones, pero no son equivalentes.

Podemos sentir seguridad porque una representación mental resulta clara, familiar y coherente.

Eso no garantiza que todos sus elementos procedan del acontecimiento original.

El problema se vuelve especialmente relevante cuando distintas versiones de una historia circulan después de los hechos.

Hablas con otra persona que también estaba allí.

Lees una noticia.

Ves una fotografía.

Escuchas una interpretación.

Alguien añade un detalle.

Después cuentas lo ocurrido otra vez.

Con el tiempo puede resultar difícil distinguir qué parte procede de la experiencia original y cuál apareció posteriormente.

No hace falta que exista una manipulación deliberada.

Basta con que diferentes fuentes de información terminen participando en la misma reconstrucción.

Repetir la desinformación puede aumentar su influencia

La investigación sobre este fenómeno no terminó en los años setenta.

En 2023, Rachel O'Donnell, Jason Chan, Jeffrey Foster y Maryanne Garry estudiaron dos variables que suelen aparecer juntas fuera del laboratorio:

cuántas veces recibimos una información falsa y cuántas personas distintas nos la proporcionan.

Los investigadores realizaron dos experimentos preregistrados.

Los participantes recibían información engañosa una o varias veces mediante entrevistas escritas o vídeos de testigos.

El resultado permitió separar dos factores que normalmente confundimos.

La repetición aumentó la sugestibilidad.

En cambio, presentar la misma información a través de varias fuentes diferentes no produjo por sí mismo un incremento equivalente cuando se controlaba el número de repeticiones.

Los autores complementaron los experimentos con metaanálisis de estudios anteriores y encontraron evidencia consistente con un efecto de la repetición.

El matiz importa.

No demuestra que cualquier afirmación repetida termine convirtiéndose en un recuerdo falso.

Tampoco permite trasladar automáticamente el resultado a cada vídeo, noticia o conversación en redes sociales.

Pero sí muestra que, dentro de paradigmas experimentales de memoria de testigos, recibir varias veces la misma información engañosa puede aumentar su influencia sobre el recuerdo posterior.

El problema de recordar con otras personas

Después de un acontecimiento importante es normal hablar.

De hecho, suele ser lo primero que hacemos.

«¿Viste lo mismo que yo?»

«¿Te fijaste en aquello?»

«Creo que llevaba una chaqueta negra».

«No, era azul».

Estas conversaciones pueden aportar información real.

Pero también crean una nueva fuente.

A partir de ese momento ya no contamos únicamente con lo que vimos.

También sabemos lo que otra persona dijo haber visto.

En la vida cotidiana ambas informaciones pueden resultar casi imposibles de separar después.

Eso no significa que debamos desconfiar sistemáticamente de los demás.

Significa que la memoria de un acontecimiento deja de existir en aislamiento en cuanto empezamos a recibir información nueva sobre él.

Y cuanto más tiempo pasa, más reconstrucciones pueden interponerse entre el acontecimiento y nuestro recuerdo actual.

Una corrección importante: el recuerdo original no tiene por qué desaparecer

El efecto de desinformación suele divulgarse mediante una frase espectacular:

pueden reescribir tu memoria.

Es útil como metáfora.

Pero científicamente puede ser demasiado fuerte.

Que una persona responda utilizando información engañosa no demuestra necesariamente que el recuerdo original haya sido destruido.

A lo largo de décadas se han propuesto diferentes mecanismos.

La nueva información podría modificar determinados componentes del recuerdo.

Podría competir con la información original.

Podría resultar más accesible durante la recuperación.

O podríamos recordar ambos elementos pero confundir cuál pertenecía al acontecimiento y cuál apareció después.

La investigación permite afirmar con bastante seguridad que la información posterior puede deteriorar la exactitud de determinadas respuestas de memoria.

Determinar exactamente qué ha ocurrido con cada representación interna exige mucha más cautela.

Esa diferencia importa.

Porque equivocarse al recordar y haber perdido completamente el recuerdo original no son la misma afirmación.

Tampoco somos indefensos

Otro error sería presentar el efecto de desinformación como algo inevitable.

No lo es.

Hartmut Blank y Céline Launay analizaron 25 estudios sobre una intervención particularmente interesante: advertir a las personas, después de haber estado expuestas a información engañosa, de que esa información podía no ser fiable.

En conjunto, las advertencias posteriores redujeron considerablemente el efecto de desinformación.

En el metaanálisis, su magnitud cayó a menos de la mitad de la observada sin advertencia, aunque la eficacia dependía del procedimiento empleado.

Eso cambia una parte importante de la historia.

La memoria puede ser vulnerable a información posterior.

Pero también podemos utilizar información posterior para revisar críticamente lo que recordamos.

No existe una protección perfecta.

Saber que algo pudo contaminar nuestro recuerdo tampoco permite reconstruir mágicamente el acontecimiento original.

Pero conocer la existencia de una fuente potencialmente engañosa puede ayudar.

La vulnerabilidad no equivale a impotencia.

Cuando el efecto sale del laboratorio

Los experimentos permiten controlar algo que en la vida real casi nunca podemos controlar.

Los investigadores saben exactamente qué vio cada participante.

Saben qué información recibió después.

Y saben qué detalle era verdadero o falso.

Fuera del laboratorio, rara vez tenemos ese privilegio.

Si dos personas recuerdan una conversación de manera diferente, normalmente no disponemos de una grabación que permita determinar qué ocurrió.

Si un recuerdo familiar ha sido contado durante veinte años, resulta difícil saber qué detalles proceden de la experiencia original y cuáles se incorporaron después.

Si un acontecimiento aparece repetidamente en noticias, conversaciones y redes sociales, todas esas exposiciones pueden convertirse en nuevas fuentes de información.

Pero aquí necesitamos mantener una frontera clara.

Los estudios sobre efecto de desinformación no permiten concluir que todos nuestros recuerdos cotidianos estén contaminados.

Tampoco permiten mirar a alguien y decidir que su recuerdo es falso porque no coincide con el nuestro.

Y mucho menos autorizan a utilizar la psicología como arma:

«Eso no pasó. Te lo estás inventando por el efecto de desinformación».

El hecho de que la memoria pueda reconstruirse no nos dice automáticamente qué recuerdo concreto es correcto.

Solo nos obliga a abandonar una certeza demasiado cómoda.

Recordar con convicción no equivale a disponer de una grabación.

Un problema especialmente serio para los testigos

La investigación sobre desinformación adquirió una importancia especial en el estudio de la memoria de testigos.

En una investigación real pueden aparecer muchas fuentes posteriores:

preguntas de policías;

conversaciones entre testigos;

fotografías;

noticias;

comentarios de familiares;

interrogatorios sucesivos;

información sobre otros sospechosos.

Una pregunta aparentemente inocente puede introducir una presuposición.

«¿De qué color era el coche que esperaba fuera?»

La frase ya presupone que había un coche esperando.

Si ese detalle no formaba parte del recuerdo inicial, la pregunta puede convertirse en nueva información.

Esto no significa que entrevistar a un testigo destruya automáticamente su memoria.

Los procedimientos de entrevista existen precisamente para obtener información intentando minimizar influencias innecesarias.

La conclusión relevante es más limitada:

la forma y el momento en que obtenemos un recuerdo pueden formar parte del propio problema que intentamos medir.

Una prueba sencilla antes de confiar demasiado en un recuerdo

No podemos revisar experimentalmente nuestra vida.

Pero sí podemos separar tres preguntas que solemos mezclar.

La primera:

¿Qué recuerdo haber percibido directamente?

La segunda:

¿Qué información recibí después?

La tercera:

¿Qué parte sé realmente que procede de una fuente y no de la otra?

La diferencia parece obvia cuando la escribimos.

En la práctica puede ser difícil.

Imagina que recuerdas un accidente.

Primero viste la escena.

Después un amigo dijo que el otro conductor iba muy rápido.

Más tarde leíste que alguien había cruzado con el semáforo en rojo.

Luego viste varias fotografías.

Dos días después cuentas lo sucedido.

Puede que recuerdes perfectamente algunos elementos.

Pero también puede que determinadas piezas resulten familiares sin que puedas identificar con precisión cuándo aparecieron.

Preguntarse por la fuente no garantiza exactitud.

Pero introduce una fricción importante antes de convertir familiaridad en certeza.

Lo que estos experimentos no demuestran

El efecto de desinformación es robusto, pero tiene límites.

No demuestra que la memoria sea inútil.

No demuestra que cualquier recuerdo pueda implantarse mediante una simple pregunta.

No demuestra que toda discrepancia entre dos personas sea producto de sugestión.

No demuestra que una persona pueda ser convencida fácilmente de cualquier acontecimiento imaginable.

Y tampoco significa que recordar sea equivalente a inventar.

Los experimentos muestran algo mucho más concreto:

cuando una persona presencia un acontecimiento y posteriormente recibe información relacionada pero engañosa, esa información puede reducir la precisión de ciertas respuestas de memoria.

La magnitud del efecto depende de factores como el procedimiento experimental, el intervalo temporal, el tipo de información, la repetición y las condiciones de recuperación.

Además, determinadas advertencias pueden reducirlo significativamente.

Convertir todo esto en «nunca puedes confiar en tu memoria» sería reemplazar un resultado científico interesante por una frase más espectacular y menos cierta.

El punto ciego

Lo inquietante de la memoria no es que siempre falle.

Es que cuando funciona de forma reconstructiva no sentimos necesariamente la reconstrucción.

El recuerdo llega a la conciencia como un recuerdo.

No acompañado de una lista de ingredientes:

esto lo viste;

esto te lo dijeron;

esto lo inferiste;

esto apareció cuando lo contaste por tercera vez.

Esa separación, cuando existe, tenemos que reconstruirla nosotros.

Y ahí aparece el punto ciego.

Podemos creer que estamos consultando el pasado cuando, en realidad, también estamos utilizando información que apareció después.

Una pregunta.

Una conversación.

Una fotografía.

Una versión repetida varias veces.

Nada de eso cambia lo que ocurrió.

Pero puede cambiar lo que llevamos con nosotros cuando intentamos volver allí.

Quizá por eso la pregunta más útil ante un recuerdo importante no sea únicamente:

«¿Estoy seguro de que pasó así?»

Sino otra un poco más incómoda:

«¿Cómo sé qué parte de este recuerdo estaba allí desde el principio?»

Fuentes y lecturas

  1. Evidencia

    Reconstruction of automobile destruction: An example of the interaction between language and memory

    Elizabeth F. Loftus, John C. Palmer

    Journal of Verbal Learning and Verbal Behavior · 1974 · Artículo académico

    Experimentos 1 y 2; pp. 585–589

  2. Evidencia

    Semantic Integration of Verbal Information into a Visual Memory

    Elizabeth F. Loftus, David G. Miller, Helen J. Burns

    Journal of Experimental Psychology: Human Learning and Memory · 1978 · Artículo académico

    Experimentos principales; pp. 19–31

  3. Contexto

    Planting misinformation in the human mind: A 30-year investigation of the malleability of memory

    Elizabeth F. Loftus

    Learning & Memory · 2005 · Artículo académico

    Revisión general del efecto de desinformación; pp. 361–366

  4. Contexto

    Pandemics and infodemics: Research on the effects of misinformation on memory

    Rachel Leigh Greenspan, Elizabeth F. Loftus

    Human Behavior and Emerging Technologies · 2021 · Artículo académico

    Revisión general sobre desinformación, memoria e infodemia

  5. Evidencia

    How to protect eyewitness memory against the misinformation effect: A meta-analysis of post-warning studies

    Hartmut Blank, Céline Launay

    Journal of Applied Research in Memory and Cognition · 2014 · Artículo académico

    Meta-analysis of 25 studies; pp. 77–88

  6. Evidencia

    Experimental and meta-analytic evidence that source variability of misinformation does not increase eyewitness suggestibility independently of repetition of misinformation

    Rachel O’Donnell, Jason C. K. Chan, Jeffrey L. Foster, Maryanne Garry

    Frontiers in Psychology · 2023 · Artículo académico

    Experiments 1 and 2; meta-analysis; Frontiers in Psychology, 2023

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